Como Dumbledore con su pensadero, me interesa volcar los pensamientos que considero importantes en algún lugar. Uso este blog para no olvidarlos, para recurrir a ellos de forma más explícita y menos distorsiva que en la mente misma, y también para compartirlos. Aunque no escribo específica ni únicamente sobre educación, soy maestra y educadora de alma, y este tinte estará presente en todas y cada una de mis palabras.
Así, los dejo flotando en el ciberespacio y en la posibilidad de cada uno de adueñarse de estos pensamientos, sin la necesidad de una varita mágica, pero con el requerimiento de una suspicacia particular.



martes, 20 de marzo de 2012

Diario de viajes I: Santiago del Estero, Octubre de 2011

Capacitación en la Escuela Rural nr. 7 "República del Salvador", Villa Guasayán, Santiago del Estero.



Primero sentía nervios graves por la capacitación, soledad, desarraigo y desolación por estar viajando sola, miedo de mandarme cagadas de cualquier tipo. Esto fue ayer, cuando llegué y mientras estaba en el aeropuerto y en el avión. Las sensaciones habrán durado una hora, o media. Cuando llegué al hotel y me contacté con la gente de acá, me sentí ya cómoda y protegida.


Los santiagueños son muy amables y amorosos.

El cariño y bienestar se ven magnificados por ser esta la tierra de mi querida Queo. Todos se parecen un poco a ella y en cada voz y tonada me parece escucharla y sonrío.
Preparé todo para la capacitación. Primer punto: todo funcionaba y no parecía hacerme olvidado nada.

Me fui a dormir temprano.

Me gustó tener la iniciativa de llamar a la directora de la escuela y cambiar mi viaje en remis con espera y regreso, por un viaje hasta San Pedro de Guasayán donde ella me recibiría con una combi y otros maestros para ir a la Villa. Para el regreso aseguró que no debía preocuparme, porque algunos se volvían para Santiago en auto y me llevarían.

Me sentí a gusto y ya quise mucho a Lucía Petrona Castillo, la directora.

Me levanté muy muy temprano, como debía, y el remis me buscó por el hotel. El que manejaba era un chico muy joven. Era amable y conducía bien. Escuchamos mucha cumbia, canciones populares remixadas y enganchadas, y MIRANDA! Excelente para mí.

Dormí gran parte del viaje. El trecho en que estuve despierta observé caminos sinuosos, cerros, aridez, animales sueltos, muchas perdices y unos cactus espectaculares.


Llegamos a la entrada principal de San Pedro de Guasayán. Llegó Lucía con la combi y los docentes.

¿Qué esperaba encontrar ella? ¿Qué habrán pensado al verme? ¿Y al escucharme por primera vez?

Yo iba abierta y decidida a EMPAPARME con historias de vida, lugares, emociones, gente, caras, palabras. Y así fue. Salí definitivamente engrandecida y agradecida con esta experiencia de vida.

El camino desde San Pedro de Guasayán hasta Villa Guasayán, donde quedaba la escuela, era de tierra y estaba en pésimo estado. La directora y el chofer se reían y me contaban que hace muchísimo les prometieron arreglarlo y no lo hicieron, pero que ahora “está hecho una autopista de lo bien que está” por las pequeñas cosas que le arreglaron. Que se tardaba antes 2 horas en recorrerlo en auto (son 35 km) y ahora solo hora, hora y media.

Nadie quiere ir por este camino porque destruyen los vehículos. Así, Villa Guasayán queda aislada y desamparada, mientras no se dignen a arreglar el camino en cuestión. El camino tiene pozos gigantes y piedras. Hay que transitarlo por un costado cerca de la orilla y conocerlo muy bien para no hacer un desastre. Para colmo, en la zona no llueve nunca, con lo cual el polvo vuela y cuesta aún más que las máquinas trabajen. Cruzamos una máquina volcada, bloqueando el camino. Sacamos fotos y la directora se ríe exclamando: “A ver si aprenden con esto y se apuran, que hace meses están en el mismo lugar haciendo lo mismo”. 


La situación es abordada con gracia, desdramatizando, por toda la gente que día a día anda ese camino y no le importa nada más que llegar a la escuela, su lugar, para enseñar y encontrarse nuevamente con sus maravillosos alumnos, su tarea y su cerro de fondo (el monte).

El monte es muy importante para la gente de acá. Más o menos patriotas, lo nombran y lo viven como parte de sus vidas y de sí mismos.

Lucía le escribió un poema al monte santiagueño y a la desolación que alguien sintió alguna vez cuando lo deforestaron y explotaron, devastándolo.

Lucía es poetiza, además de maestra de primaria, técnica granjera y estudiante de profesorado de Nivel Medio.

Hace 18 años que vive en San Pedro de Guasayán y trabaja en esta escuela, y me hizo una confesión: quisiera jubilarse aquí, no irse nunca más. Yo creo que lo va a cumplir.
Escribe poemas propios y escribe otros para su sobrina de 9 años, en base a lo que ella le cuenta (pone en palabras sus historias y los firman juntas). A fin de año Lucía publicará su primer libro de poesías (asegura que es el primero, porque habrá muchos más).

El poema acerca del monte se llama QUERENCIA y lo recitó maravillosamente al finalizar la capacitación. Pero el poema que inició estas charlas y desencadenó que Lucía se abriera y me contara todo esto, se llama UN GAUCHO PARA APUNTALAR LA PATRIA, y es el poema que escribió a raíz de una experiencia vivida en el año 2008. El relato de esta experiencia fue emocionante hasta las lágrimas. Me lo contó en la combi yendo a la escuela, y cuando me comentó que el poema resumía esta historia y que lo leyó ante muchas personas y todos lloraban, no me cupo duda de que así había sido y no era para menos. 


Así cuenta esta historia:

La escuela había estado cerrada por peligro de derrumbe… por 3 años. Daban clases en las casas o al aire libre, bajo los árboles. Pidieron a todas las autoridades correspondientes que resolvieran el tema y jamás lograron nada.
Un día pidieron turno para hablar con el gobernador y se los concedieron, para dentro de varios meses. Lo tomaron y fueron, Lucía y un séquito de maestros y familias de Villa Guasayán. Lucía fue la portavoz. Al contarle el problema al gobernador cara a cara y frente a todos, muy humildemente y pidiendo perdón por molestar, el gobernador quedó atónito. No podía dar crédito a lo que escuchaba. Dijo que él nunca había escuchado esta historia, que cuando él le preguntaba a su gente cómo estaba todo, le respondían “todo bien” por miedo a que él se enojara o a pasar vergüenza, y que no podía creer en todo este tiempo nunca haberse enterado de nada de todo esto, que era una barbaridad lo que estaba pasando y él les daría todo lo necesario para reabrir o rehacer la escuela.
Llamó a su servidor, quien había estado reunido con Lucía en reiteradas oportunidades y le dijo perplejo que él estaba al pedo. Que por favor se retirara del cargo y deje el puesto a alguien que quiera laburar.

Llamó al arquitecto de obras públicas que había bicicleteado a Lucía muchas veces y le preguntó qué era lo que pasaba. Cuando el arquitecto comenzó a hablar de expedientes y quiso acercarle carpetas, el gobernador le dijo que guarde todo ya, que no quería ver absolutamente nada y que le daba 10 días para empezar a trabajar. Si el terreno no servía, o lo que fuera, tirara la escuela abajo y la volverá a hacer.
Así fue. Todo.

Se hizo una nueva y hermosa escuela con todas las necesidades cubiertas.
Con pisos, con cocina, con paredes (anteriormente las “aulas” estaban divididas con durlock y no hasta arriba de todo, y el profe de inglés se volvía loco y exclamaba “oh my god” mientras sus palabras eran interrumpidas por “la lechuza, la lechuza hace shhh” de la sala de jardín contigua).

Lucía se despidió agradeciendo al gobernador, quien les pidió perdón a ellos y dijo: “por suerte existen aquí gauchos para apuntalar la patria”. Lucía escribió el poema y se lo llevó. Todos lloraban de emoción.

Todos aman, cuidan y disfrutan la nueva escuela.


En la capacitación había una maestra revoltosa, chistosa, que deseaba llamar la atención constantemente. No me miraba demasiado bien y yo esperaba críticas de su parte (criticarme la haría sobresalir). Eso era un problema porque tenía mucha llegada a los demás docentes, más humildes y callados. Me empeñé en querer ganar su corazón. Le hablé cara a cara y mantuve el contacto visual mientras capacitaba. Le presté la atención que necesitaba y quería y la interpelé a decir si realmente era malo lo que yo hacía, porque habiéndola mirado a los ojos, haciéndole hablado personalmente a ella, habiéndola hecho participar en actividades, ya no iba a poder mentir o pasar desapercibida diciendo una cosa por otra.

Su encuesta de evaluación de la jornada fue genial. No hizo más que decir cosas bonitas de mí y de la capacitación. Pero lo más lindo fue que lloró con un texto que les leí (“mis primeros acercamientos a los libros, de Graciela Cabal). Se emocionó mucho, abrió su corazón y se ubicó en un lugar muy distinto del que venía ocupando, como defensa o coraza. Creo que esto resultó un aprendizaje maravilloso para ambas.

Durante la capacitación las docentes resaltaban la calidad humana de sus alumnos. Lo agradecidos que están, lo educados que son, que siempre saludan, se esfuerzan mucho por ir a clases, por aprender, etc. que ellas saben que en las grandes ciudades generalmente no sucede esto, que la rebeldía adolescente pasa por no saludar, putear, faltar el respeto… y la verdad que tienen razón. La educación acá será peor en muchos sentidos, mejor en otros, pero qué lindo que no se falte el respeto a los adultos y pared, a las autoridades, que se valore al maestro, que el esfuerzo por estudiar e ir a la escuela, contenerse, valorarse, sea conjunto y de todos los actores involucrados.

La calidez humana, el ritmo de vida y la valoración de la misma definitivamente difieren de las de la gran ciudad. Y aunque hay de todo en todos lados, estos valores esenciales son distintos y se sostienen, y se los puede percibir acá en todas las personas y en cualquier circunstancia, distanciando Buenos Aires del interior como en las épocas más unitarias de nuestro país.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Ellos, tan vulnerables



Esta nota apunta a reivindicar la capacidad de los niños para aprender cosas nuevas, adaptarse a contextos desconocidos, insertarse en medios y grupos que a simple vista (o desde el punto de vista del adulto), parecen inadecuados para ellos.

Muchas veces nos sorprendemos por la rapidez con que aprenden una nueva lengua, incorporan hábitos, normas, enriquecen su vocabulario, realizan actividades aparentemente complejas. Nos sorprendemos positivamente, pero, al mismo tiempo, sentimos cierta desconfianza de que puedan lograrlo, ellos, tan vulnerables, antes de asumir el riesgo.

Reivindicar esta capacidad de los pequeños significa invitar a emprender la aventura más seguido y en forma más relajada. Quizás quedemos vulnerables nosotros, adultos, que, al reconocerlos más autónomos y competentes, perdemos parte del control que tanto nos gusta tener.

Esto vale tanto para un niño que vivió toda su vida en un país y debe mudarse a otro donde se habla una lengua diferente, como para el chico que tiene necesidades educativas especiales y compartirá escuela con otros pares que no las tienen, así como también para alguno que desee aprender a tocar el piano o la guitarra y sus padres piensen que es aún demasiado joven para hacerlo…

Para un chico todo es nuevo; asimila y asimila desde que nace y así va constituyendo su aparato psíquico, su vida y su propia subjetividad.

Entonces, un nuevo desafío como los mencionados cuesta, pero es ALGO MÁS dentro de todo lo nuevo que tiene para aprender, y se adapta, y nos sorprende, y es flexible, y, sobre todo, no está contaminado por las resistencias, trabas y prejuicios que tiene alguien mayor frente al mismo panorama.

O sea, para alguien mayor no es MÁS DIFICIL adaptarse a un contexto desconocido, acostumbrarse al nuevo idioma, compartir actividades con gente diferente de sí, aprender a tocar la guitarra. SE VUELVE mas difícil porque empiezan a jugar esas trabas, resistencias y prejuicios; porque ya conoce, sabe, y sostiene preconceptos y esquemas acerca de lo que es relacionarse con gente, aprender, tener amigos, ejercitar alguna habilidad específica. Esto es lo que lo hace más difícil.

Desde este punto de vista, ¿quiénes son vulnerables? ¿Ellos o nosotros?

Lo que sucede es que contestar “nosotros” sería RECONOCERNOS vulnerables, haciendo un meta-análisis de lo que estamos diciendo. Y el orgullo, que también se forma y acrecienta con los años, quizás no nos lo permite.

Sería ideal, en este sentido, que, como adultos, adoptemos una postura más ingenua y aniñada a la hora de encarar nuevos proyectos… pero si no, al menos, procuremos confiar más en ellos y acompañarlos dejando de lado nuestro propio marco de referencia, que, en este caso, no haría más que obturar una experiencia que puede ser maravillosa.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Preservar la induvidualidad

“Los hermanos sean unidos
Porque esa es la ley primera
Tengan unión verdadera
En cualquier tiempo que sea
Porque si entre ellos pelean
Los devoran los de ajuera”

(Martín Fierro)

Hace un tiempo tengo algunas ideas en la cabeza que me generan inquietud. Creo que este es el espacio propicio para ponerlas en palabras y, por lo tanto, ordenarlas. Es fuerte escribir o decir un pensamiento, pero es la forma de hacerlo presente, de darle vida, de que exista.

El vínculo entre hermanos es muy especial. Como todo vínculo familiar, es de carácter incondicional. Más allá de los avatares de la vida, de las peleas, de las distancias o de las crisis, este vínculo es inquebrantable y resiste. El lazo entre hermanos es particularmente estrecho. Y esto va más allá de lo bien o mal que se lleven entre sí. Es una fuerza que supera y envuelve la cotidianeidad, que hace que sintamos amor y admiración por ese otro (hermano), que sintamos en carne propia su dolor y demos nuestra vida por la de él si es necesario.

Personalmente creo que quien no tiene hermanos es alguien se está perdiendo de algo en la vida. Por favor no se ofendan quienes se sientan tocados. No digo que por eso va a ser peor persona o más limitado. Creo que tener uno o varios hermanos te enseña y te pone en un lugar que, con todos sus pros y sus contras, es irremplazable. Seguramente ser hijo único también, pero no soy quién para hablar de ello así que prefiero abocarme a lo otro.

Tenemos, entonces, una dupla de hermanos (puede reflejarse en esta imagen la relación entre más de dos, si se quiere) que viven bajo el mismo techo y tienen algunos años de diferencia. La fluidez e intensidad de la relación entre ellos puede variar según el carácter de cada uno, según el momento de la vida de cada cual, según pasen los años para ambos, según el tiempo que pasen juntos o separados, y, principalmente, según las costumbres familiares y el discurso y valores que directa e indirectamente les transmitan los padres.

¿Los padres? ¿Por qué?

Difícilmente los hijos se lleven bien, aprovechen, valoren y expriman los vínculos entre sí si sus padres no se llevan bien con sus propios hermanos, si no los tratan bien a ellos (los hijos), si no se llevan bien entre sí…

Sí, lamentable o afortunadamente, la sana unión entre hermanos depende de estas y otras cosas.

¿Por qué lamentablemente?

Porque entonces existen casos en que los chicos se pierden de transitar todo este amor fraternal del que estoy hablando, gracias a este tipo de factores (ajenos a ellos, pero que los condicionan y determinan siendo chicos y no pudiendo ni sabiendo decidir por sí mismos).

¿Por qué afortunadamente?

Porque sabiéndolo, no podemos mirar para otro lado. Tenemos que hacernos cargo como padres y usar estas “armas” para el bien de nuestros hijos, para que crezcan en un ambiente cuidado, feliz y sanamente compartido entre hermanos.

De muchas formas es, entonces, responsabilidad de los padres cuidar y alimentar la relación entre sus hijos (la fraternidad naturalmente dada entre ellos).

Una de las formas de hacerlo es preservando su individualidad.

¿Cómo sería?

Parece paradójico: queremos incentivar su socialización, su relación con un otro (hermano), sus aspectos vinculares, su capacidad de compartir y la forma de hacerlo es, dijimos, preservando su individualidad. La vida está llena de paradojas, contradicciones e inexplicables.

En este caso, se reivindica este antónimo social-individual / compañía-soledad como un ida y vuelta necesario y enriquecedor, que conviene conocer, aceptar y fomentar.

¿A qué me refiero y a qué quiero llegar, concretamente?

La relación entre los hijos y, por decantación, la relación de cada hijo con sus padres, su vínculo con pares, su conducta en general, mejora notablemente si creamos, respetamos y sostenemos un “espacio” para cada uno de ellos.

Un “espacio” en el corazón de la mamá y del papá sólo para él/ella. No para su hermano/a. Y otro para su hermano/a.

Un “espacio” en la casa, teniendo cada cual su habitación propia, sus juguetes, su ropa (y, por favor, no TODA heredada de sus hermanos mayores).

Un “espacio” para jugar con sus amigos o sus primos mientras el hermano/a se queda en casa… aunque se queje.

Un “espacio” y un tiempo para recibir regalos, al menos en su cumpleaños, sin la necesidad de que su hermano/a TAMBIÉN reciba, para que no se sienta mal (y haga un berrinche)…

Un “espacio” en nuestra semana para dedicarle al juego con él/ella, y OTRO para el juego con él/ella y sus hermanos/as. Esto quiere decir, que si estoy jugando con uno y viene el otro y se suma, ¡no lo dejo! Y esto no es por ser mala madre o mal padre. Quizás lo dejo algunas veces. Pero otras veces le pido que se busque otra cosa para hacer, porque ahora estoy jugando con su hermano/a. Y luego, me acerco a él/ella y le digo que es SU turno de jugar con mamá/papá.

Y así, en un sinfín de acercamientos y sana distancia que preserva el ser esencial, individual, interno de cada chico, que necesita atención exclusiva para formar su subjetividad, convertirse en una persona íntegra y social.

Mejoran enormemente las relaciones de ese niño/niña que tuvo sus “espacios”, las relaciones con sus padres, con sus amigos, con gente desconocida, con sus hermanos (tema de esta nota), si hacemos a un lado ideas como: que tienen que estar siempre juntos porque son hermanos, que todo lo que es de uno es de otro, que tienen que hacer las mismas actividades porque son hermanos y si uno no las hace puede ponerse mal, que tienen que compartir la mayor cantidad de tiempo posible porque se llevan bien, se quieren y se extrañan cuando están lejos…

Son todas frases, pensamientos y sensaciones que existen en los hogares, se instalan y los invaden. Además, sobrecargan emocionalmente a los chicos, depositarios de todas esas erróneas ideas, sin herramientas para procesarlas.

Sé perfectamente que es mucho menos trabajo hacer las cosas de esta manera (todo juntos) en vez de preservar la individualidad de cada uno con pequeños actos y decisiones de todos los días. Estos actos y decisiones (no tan pequeños) llevan tiempo, consumen energía y hasta nos llevan a tener que aguantar algún capricho del hermano que quiere tener sus cinco minutos de fama cuando hay otro en el centro de la escena.

A los padres les cuesta cada vez más hacerse cargo de la crianza de sus hijos contemplando todas estas cuestiones. A veces porque no se dan cuenta. A veces porque se ven sobrepasados por las condiciones de vida actuales y particulares de cada uno. A veces porque tienen demasiados hijos. A veces porque no tienen herramientas suficientes para encarar una tarea semejante. Muchas veces porque no se ponen de acuerdo en los criterios básicos de crianza entre sí (padre y madre) y recaen en peleas o discusiones y mensajes incoherentes hacia sus hijos, que es lo peor que pueden hacer. A veces por una suma de todas las razones anteriores. Algunas veces, porque es más fácil hacer las cosas de otra manera; resulta más cómodo. Pero esa comodidad es sólo aparente.

Es cierto que:

-          Cuando les doy atención a ambos juntos, siempre juntos, no tengo que aguantar los pataleos de ningunos por querer llamar la atención…
-          - Facilito la dinámica familiar llevando y trayendo a los chicos a todos lados juntos…
-          Predico el amor fraternal cuando mando al hermano/a a la casa de la abuela/o que invitó a uno de los nietos ese día, para que no se sienta triste y excluido… y hasta le digo al invitado real que sea buen hermano, que a él/ella no le gustaría que le hagan eso, y genero un poco de culpa en él/ella.
-          Creo que soy una madre o padre igualitario y democrático si anoto a ambos en natación, porque si a uno le gusta esa actividad seguro que el otro lo va a querer hacerla también…

Pero, a largo plazo, seguramente tendré que lidiar con chicos que:

-          No sepan esperar, no toleren la frustración y no valoren intensamente lo que se les da, porque siempre que quisieron algo se les dio y nunca tuvieron ese tiempo ganado para sí solos.
-          Se peleen en viajes y traslados porque los sobre-exigimos y sobrecargamos de tiempo con otros y no les damos oportunidad de conocerse estando solos, entretenerse y explorar ese mundo, que también tiene sus ventajas.
-          Se sientan defraudados y desilusionados porque no pudieron disfrutar a solas de tiempo con su abuelo/a, que los había invitado a la casa a dormir o a hacer un programa exclusivamente entre abuelo/a y nieto/a, sintiéndose los reyes por un día… lo cual puede traer consecuencias a nivel personal y emocional en ese niño (no pudieron ser los reyes con el abuelo/a y carecen de reconocimiento y apoyo de sus padres, que en vez de preservar su individualidad, mandaron a su hermanito/a con ellos, porque “pobrecito, se angustió al ver que él/ella no iba y el otro/a sí”).
-          No hayan formado el propio gusto y placer por distintas actividades y lo tengan que hacer de grandes, sintiéndose ya seguramente frustrados o dolidos porque en su infancia no se les dio esta oportunidad, cuando en realidad es el mejor momento para hacerlo. U odien la natación porque los obligaron a hacerla de chicos, esos padres despiadados que solo miraban su ombligo y no les dieron lugar a decidir nada, ni lo que sí podían decidir ya a sus cortas edades.


Estos son tan solo algunos ejemplos del daño que se les causa a los hijos perdiendo de vista que son personas individuales y deben ser respetadas como tales. Parece drástica la conclusión y el mensaje de estas líneas, pero es real y serio el tema. Todos podemos hacer las cosas bien, como adultos, como padres, sin importar cuán ocupados estemos, cuánto sepamos de educación, cuán difícil sea nuestra vida o haya sido nuestra infancia. Podemos hacer pequeños cambios en el día a día, con el fin de acercarnos a nuestros hijos y permitirles crecer en un ambiente de cariño, cuidado y contención. El primer paso es reconocer una o varias de las cuestiones que desarrollé, poder reconocerse débiles quizás en algunos de estos puntos, tener la intención de modificar ciertas acciones y hábitos que no son los mejores, que probablemente se nos han estado yendo de las manos y nos llevaron a bajar los brazos. Nunca es tarde para empezar a dar lo mejor de nosotros a estas nuevas generaciones que trajimos al mundo y merecen una vida digna y amorosa.

martes, 25 de octubre de 2011

“Efecto Pigmalión” y estigmatización -ó- disertación acerca de la normalidad

“Cuenta la leyenda que Pigmalión, rey de Chipre y escultor, no encontraba a la mujer que se acercara a su ideal de perfección femenina.
Cansado de buscar, esculpió en marfil a Galatea, su ideal de mujer. Su estatua era tan bella y perfecta que Pigmalión se enamoró de ella tanto que la besaba y la vestía con preciosas telas.
Pigmalión suplicó a Venus, la desea del amor, que su estatua cobrara vida para ser correspondido. Cuando volvió a casa, observó que la piel de la estatua era suave. Besó a Galatea y ésta se despertó y cobró vida, convirtiéndose en la deseada amada de Pigmalión”.


Hoy en día, se utiliza la expresión “efecto Pigmalión” para describir cuando las expectativas y creencias de una persona sobre otra afectan a esta de tal manera que tiende a confirmarlas.

Este efecto puede ser “positivo” o “negativo”. Del mismo modo que el desprecio por alguien puede convertirlo en despreciable, la confianza en una persona puede hacerla sentir tan segura de sí misma que se lleve por delante el mundo.

Quien me convierte en despreciable o en valiente no es cualquiera que me mira y me juzga. No vamos por la vida sintiéndonos afectados y constituyendo nuestra subjetividad y nuestro camino por lo que otros piensan y dicen de nosotros. Esos “otros” son “otros” significativos; adultos que nos “marcan” cuando somos chicos, porque ocupan un rol esencial en nuestras vidas.

Quisiera referirme a padres y especialmente a docentes.

El fenómeno “Pigmalión” se complementa con el concepto de Robert K. Merton de profecía autocumplida o autorrealizada, que deriva del “teorema de Thomas”: Si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales.

Esto quiere decir que no reaccionamos simplemente a las situaciones, sino también (y sobre todo), a la manera en que percibimos tales situaciones y al significado que les damos a las mismas. Una vez que nos convencemos a nosotros mismos de que una situación tiene un cierto significado (más allá de que realmente lo tenga) adecuaremos nuestra conducta a esa percepción, con consecuencias en nuestra vida real.

¿Y cómo se construye nuestra percepción, nuestro sentido de la realidad? Freud decía algo así: lo que el sujeto percibe como real, es real ya desde el momento en que lo percibe así. Esta teoría se complejiza y enriquece al observar que esa realidad se construye no solo por lo que el propio sujeto percibe, sino por lo que “otros” perciben del sujeto como tal.


Como padres resulta muy difícil no depositar expectativas y deseos propios en los hijos. Es casi un mecanismo natural e inevitable. Es algo positivo, en última instancia, dado que los padres creen conocer y saber lo que es bueno (porque lo experimentaron ellos mismos) y quieren transferirlo a sus hijos (olvidando muchas veces que son seres separados, independientes, vidas distintas). Conviene tenerlo presente y no permitir que sea la única forma en que nos relacionemos con ellos. Conviene aplacar esta tendencia, principalmente para experimenten libertad de elección en sus vidas y, como adultos, acompañarlos sin presionarlos.

Es pertinente aquí recordar algunos fragmentos de la canción “Esos locos bajitos” de Joan Manuel Serrat (y permitir que la emoción nos invada):

“…Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,
con nuestros rencores y nuestro porvenir…”

“…Nos empeñamos en dirigir sus vidas
sin saber el oficio y sin vocación.
Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones
con la leche templada
y en cada canción...”

“…Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día
nos digan adiós...”

También sucede que a veces los padres desconfían y descreen de sus hijos. Me animo a decir que esto sería algo así como el “efecto Pigmalión negativo” en el seno familiar. Esto es injustificable, a mi parecer, y produce consecuencias muchas veces irreversibles; un estigma con el que esos niños deben cargar toda la vida.

¿Quiénes creemos que somos para desacreditar a un hijo, despreciar lo que hace o lo que es, no apostar a sus sueños y a su futuro? Evidentemente se juega en estas situaciones una concepción enfermiza y omnipotente del ser humano y del ser padre.


El “efecto Pigmalión” (negativo), estigmatización y profecía autorrealizada son muchísimo más comunes de lo que se cree dentro de las escuelas.

Según Goffman, cuando estigmatizamos a alguien dejamos de verlo como una persona total y corriente para desacreditarlo ampliamente. El estigma recibe a veces también el nombre de falla, defecto o desventaja y siempre quiere confirmar la “normalidad” de otro que se contrapone.

No todos los atributos indeseables son tema de discusión; únicamente lo son aquellos que difieren de nuestro estereotipo acerca de cómo debe ser determinado individuo.   

Son constantes los comentarios de docentes “etiquetando” chicos, encasillándolos en un rol determinado, juzgándolos y sacando conclusiones apresuradas a partir de indicadores débiles y parciales. A veces esto queda en un sencillo y para nada malintencionado comentario entre colegas. Pero otras veces trasciende esa levedad y, queramos o no, tiene incidencia directa en la trayectoria escolar del niño en cuestión. Debemos hacernos cargo de esto, tener cuidado con las palabras, no menospreciar el poder que tienen.

Si no lo hacemos, corremos el riesgo de habitar una escuela que se vuelve expulsiva, estructurada, naturalizada, inamovible, homogeneizante; que olvida sus funciones democráticas e igualitarias.

¿Quién más adecuado que el maestro o maestra para creer en el chico, aceptarlo tal cual es, reconocer e incentivar sus virtudes y fortalezas para contrarrestar y minimizar sus debilidades? Si no lo hacemos nosotros, maestros, ¿quién si no? ¿Cuándo? ¿Dónde si no en la escuela?

Pienso que es un deber de los docentes reconocer el fenómeno de la estigmatización, conocerlo y detectarlo, si aparece, para evitarlo completamente. Aceptar que la normalidad no existe. Renovar una y otra vez nuestra esperanza en aquel niño que nos decepcionó. Re-significar nuestra concepción acerca de tal niño que nos desorientó. Reinventar nuestras expectativas hacia ese niño que se escapó del mapa de lo que esperábamos.

Pienso que es una obligación de los docentes utilizar el conocido y realmente cierto “efecto Pigmalión” en forma positiva, apostando a los alumnos, a todos ellos, mucho más allá de sus diferencias físicas, espirituales, ideológicas, sociales, conductuales, rozando sus almas y esencias que valen y deben ser reconocidas y valoradas para florecer.

Creer, aceptar y valorar al niño no significará necesariamente que ese niño se vuelva fuerte, exitoso, emocionalmente estable. ¿Qué cree y ve ese niño en sí mismo? ¿Y su familia? ¿En qué contexto se crió y se desarrolla? ¿Qué experiencias lo marcan y lo marcaron a lo largo de su vida? Son muchos los factores que influirán en ese chico para que sea lo que vaya a ser. Pero eso no nos habilita a resignarnos y no hacer nada al respecto. Creyendo, aceptando y valorando podemos estar SEGUROS de que estamos ofreciendo a ese niño la oportunidad que merece de que se vuelva fuerte, exitoso en lo que desee y emprenda, emocionalmente estable y resiliente para enfrentar adversidades.

No hay escuela más igualitaria y equitativa que aquella que, desprejuiciadamente, recibe y enseña a todos los niños como iguales en sus derechos y obligaciones (como ciudadanos) y diversos en su calidad de seres humanos (una escuela inclusiva, flexible en cuanto a sus reglas y su gramática, capaz de contener y brindar una educación de calidad a todos los niños y niñas que a ella asistan).

lunes, 29 de agosto de 2011

El espejo de la niñez


“Queda tan lejos volverse a ver
En el espejo de la niñez
Ay, qué difícil es mirar con sencillez…”
(M. E. Walsh, “Había una vez”)


Todos fuimos niños alguna vez. Y, más allá del lugar común en el que solemos caer (“todos tenemos un niño adentro”), sucede que ese niño aparece más frecuentemente de lo que pensamos.

Hoy creo haber comprendido que el sentido de la vida, en muchos aspectos, pasa por reconocer y aceptar ese “niño interior”, mantenerlo guardado realmente adentro cuando es necesario, dejarlo atrás en algunos casos, y no dejar que aparezca con sus actitudes y emociones infantiles.


A continuación voy a desarrollar algunos puntos que avalan esta mirada. Ustedes dirán si todo esto es tan revelador como a mí me parece.


Soy caprichosa. Admitirlo es un gran avance en mi proceso de autoconocimiento y reflexión. En mi proceso de “maduración”. El paso que sigue sería dejar de serlo.
Los niños son caprichosos, por naturaleza. Son caprichosos porque son impulsivos; son impulsivos porque no pueden lograr que medie un pensamiento antes de accionar o reaccionar. Por eso pegan. Por eso gritan y se enojan cuando no tienen lo que quieren. A nosotros nos parece irracional. Nos parece un capricho. Lo es, desde nuestro punto de vista, pero el niño no lo vive así, se justifica y se enoja aún más cuando lo tildamos de caprichoso, porque no conoce otra manera de hacer las cosas; no ha crecido y madurado en ese sentido y siente realmente que tiene razón. Cuando me encapricho pienso lo mismo y no puedo salir de eso.

Me cuesta aceptar límites. Me gusta desafiarlos, romperlos. Siento una especie de shock de adrenalina inigualable cuando lo hago. Sacando lo de la adrenalina, que es ya una expresión más elaborada y filosófica, todo lo que dije antes puede ser directamente extraído de un informe de sala de 4 años, con la diferencia de que está dicho en primera persona. Originalmente mi maestra de Jardín de Infantes lo diría así: “Le cuesta aceptar límites. Se muestra desafiante; tiende a romperlos”. Lo que pasa es que no estoy en Jardín, hace rato abandoné la sala de 4.

Trabajo constantemente con la tolerancia a la frustración. No me gusta estar mal, frustrarme porque algo no me salió como creía; casi siempre prefiero escapar de ese estado, taparlo, no tolerarlo ni transitarlo. Cuando algo no me resulta, pienso que “no puedo”, que quizás “no es para mí”, que “nunca voy a poder lograrlo”. Me enojo y me frustro. A veces no soporto no tener todo lo que quiero y como lo quiero.
La primera frustración que un bebé recién nacido tiene que tolerar, es la ausencia de la teta y la leche materna, entre comida y comida. Al principio, esa ausencia se reduce al mínimo: la mamá responde casi inmediatamente al pedido del bebé con hambre y lo calma, amamantándolo. Con el paso del tiempo, esos períodos de ausencia de alimento comienzan a extenderse, la vida del bebé pasa por otras cosas más que únicamente por llorar y comer, y ese niño tiene que empezar a comprender que “ya llegará” lo que quiere. Tiene que aprender a aguantar y a tolerar ese estado de ansiedad y frustración que le produce la espera. Como maestra jardinera sé que uno de los mayores aprendizajes que es conveniente se alcance en edades tempranas, es la tolerancia a la frustración. Se trata de fortalecer ese primer vínculo bebé-mamá por el que todo chico transita y en el que es tan vulnerable. No les damos a los chicos todo lo que quieren y cuando lo quieren, para que aprendan que en la vida existen las frustraciones y los desengaños, y no tienen más que tolerarlos y buscar la forma de sobreponerse. Les mostramos que hay alternativas cuando parece que no hay salida, les sugerimos que se den tiempo, que se relajen, que respiren profundo, fomentamos distintas maneras de lograr objetivos porque sabemos que todos somos diferentes y todos podemos; que nadie es mejor que otro.; que hay que esforzarse y encontrarle la vuelta a las cosas.
Tolerar la frustración alimenta la autoestima y ayuda a hacer frente a las presiones; nos hace más resilientes.
Pongo en evidencia mi costado más débil y aniñado cuando no tolero la frustración.

Tengo algunas actitudes que denotan una necesidad de satisfacción inmediata. Esto tiene mucho que ver con lo que expliqué acerca de tolerar la frustración, de bancarse un malestar, de aprender a posponer o aceptar un resultado no esperado. No lo quiero soportar, entonces, busco descargas alternativas de mi enojo, tristeza o angustia, que nada tienen que ver con lo que me está pasando ni ayudan realmente a solucionarlo o a hacerme sentir mejor.
La inmediatez es una de las características de todo ámbito escolar, junto con la pluridimensionalidad, la simultaneidad, la impredictibilidad y otras. Hace ya diez años que egresé y en algunas cuestiones puntuales recién ahora estoy aprendiendo a posponer la satisfacción de mis necesidades, a buscar la mejor y más sana manera de darles respuesta, y no reaccionar impulsiva e irracionalmente.


Finalmente, un último paralelismo entre la infancia y la adultez; una última descripción de episodios donde nuestro “niño interior” se activa con inesperada intensidad. Me refiero a lo siguiente: a veces, cuando atravesamos una situación conflictiva, pasamos un mal momento, nos sentimos vulnerables y necesitamos una mano amiga. Al encontrarla, tomamos prestadas herramientas, energía, optimismo y soluciones de otras personas, que nos quieren y nos ayudan de esa manera. Las incorporamos, de a poco, en un proceso de andamiaje que transitamos con esas personas “fuertes”, que nos sostienen y andamian a nosotros, “débiles” e “indefensos” en esas circunstancias. En mi opinión, esto se asemeja al proceso de aprendizaje por el que pasan los niños a lo largo de sus etapas de crecimiento; van desarrollando sus habilidades y funciones psicológicas superiores en interacción con adultos o pares relevantes que les “prestan” recursos de los cuales aún no disponen, para que los vayan haciendo propios. De esta manera, el aprendizaje es primero interpersonal y luego intrapersonal, y es así como Vigotsky explica que el chico madura, aprende y se fortalece en el vínculo con otro significativo.
Cuando no me siento bien, estoy angustiada o deprimida, no encuentro la salida hasta que no aparece algo o alguien que ocupa ese rol de “otro significativo” que me proporciona puentes para cruzar el abismo; sogas para salir de la zona empantanada de los pensamientos negativos y las malas sensaciones en el pecho; redes de contención para no caer aún más. El proceso de superación y “rehabilitación emocional” de estas situaciones transcurre en la incorporación de los puentes, las manos y las redes, haciéndolos propios y pudiéndolos usar en futuras situaciones que atraviese, donde aquel “otro” estará presente pero ya sólo simbólicamente.

Hoy creo haber comprendido que el sentido de la vida, en muchos aspectos, pasa por reconocer y aceptar a nuestro “niño interior”, mantenerlo guardado realmente adentro cuando es necesario, dejarlo atrás en algunos casos, y no dejar que aparezca con sus actitudes y emociones infantiles.

No es casual que se diga que la vida es un proceso en el que, se supone, debemos “madurar”. Que lleguemos a la vejez y la nombremos “madurez”.